sábado, 6 de abril de 2013

Ganancias empresariales y esclavitud obrera femenina

Salvador López Arnal

Para Francesca Rodríguez, Vanessa Rodríguez y Marta Navarro, imprescindibles y ejemplares compañeras del IES Puig Castellar

El Corte Inglés, sin las ganancias abultadas de otros años, va viento en popa. A Cortefiel tampoco le van mal las cosas. Inditex, que era en 2011 la 120ª empresa del mundo, es en 2012 la 75ª (su valor financiero roza los 66.000 millones de euros). Amancio Ortega, su fundador, es la tercera fortuna más importante del mundo-mundial. Su patrimonio sube como la espuma incluso en momentos de crisis-estafa como los actuales. Su presidente ejecutivo, Pablo Isla, ingresó en 2011 unos 20 millones de euros (se desconocen las cifras de este año).
¿Cómo se come todo esto? ¿Con qué ingredientes se elabora? Con los siguientes:

Un documentado informe, “Captured by cotton (Atrapadas en el algodón)”, elaborado sobre el terreno con entrevistas a más de un centenar de obreras y ex trabajadoras, además de sindicalistas, miembros de ONG's y académicos, por el prestigioso Centre for Research on Multinational Corporations -una organización holandesa sin ánimo de lucro que analiza a las grandes multinacionales- y el India Committee of the Netherlands -una ONG impulsora de la campaña “Ropas Limpias” contra la explotación vinculada a la producción y comercio textiles- saca o debería sacar los colores a algunos de los gigantes mundiales de la moda [1].



Niñas y adolescentes (de nuevo mujeres) trabajando sin contrato (por supuesto), privadas de libertad real y en condiciones insalubres (por supuestísimo) durante más de 72 horas a la semana (12 horas diarias si consiguen un día de descanso) cuando hay picos de producción, por un salario de 0,88 euros al día (la hora les sale a 0,073 euros), “del que sólo podrán disponer cuando hayan transcurrido de tres a cinco años y que servirá para pagar su dote matrimonial”. Ese es el humanísimo escenario laboral de miles de jóvenes del estado de Tamil Nadu (al sur de la India). Son “libres-muy-libres” –como el sol cuando amanece aun cuando ellas tengan una libertad de movimientos estrictamente restringida al interior del complejo textil (1984, Un mundo feliz): sólo pueden abandonarlo una vez al mes y bajo vigilancia- para trabajar en condiciones que rozan la esclavitud.

Trabajan para empresas textiles del país asiático que luego, por supuesto (ésta es la sabia estrategia de nuestros sabios y sofisticados emprendedores), suministran sus productos a grandes firmas internacionales. ¿Low Cost le llaman a esto? Entre esas “grandes corporaciones”, las mismas que se las dan de preocuparse por el medio ambiente y el bienestar ciudadano, las españolas-muy-españolas Inditex, El Corte Inglés y Cortefiel. No son las únicas. En el informe de la organización holandesa se citan también las siguientes firmas: Tommy Hilfiger, Timberland, H&M, Marks&Spencer, Diesel, Gap, C&A (Los autores del estudio revelan que “ese conglomerado indio tiene 24 centros textiles y una capacidad de producción de seis millones de prendas de ropa interior al día y otros seis millones de pantalones, faldas y vestidos al mes”).

¿Quiénes son estas niñas y jóvenes indias de entre 14 y 20 años, cómo se reclutan por los fabricantes textiles de Tamil Nadu? La inmensa mayoría pertenece “a los Dalit, la casta más baja de la India, considerada impura y dedicada a tareas marginales con míseros salarios: limpiadores, lavanderos, artesanos callejeros”. Son atraídas por sus empresarios y sus agentes “con falsas promesas de una vida mejor que incluye comida y alojamiento en las mismas factorías”. Sus padres también ejercen su papel “por el reclamo de un salario diferido que cobrarán al acabar sus contratos para costear su dote y contraer matrimonio”. La pobreza no da para grandes lujos ni para sesudas reflexiones existenciales [2].
La situación tiene incorporada un infame vértice semántico: el proceso de reclutamiento se ha bautizado como Plan Sumangali. El término se aplica a las mujeres solteras que aspiran a casarse, a “ser felices y verse colmadas de bienes materiales”. La rosa, definitivamente, no es su nombre.

Inditex asegura, por supuesto, que desconocía la situación -¿y cómo es eso posible sabido lo que se sabe desde hace décadas?- y que "inmediatamente se adoptaron acciones preventivas para impedir que cualquiera de las situaciones de riesgo señaladas en el informe se pudieran llegar a producir". Tras nueve meses de trabajo, ha declarado un portavoz de la compañía, “el resultado final apunta a que las situaciones de riesgo están ahora monitorizadas y se persiguen de forma eficaz las irregularidades”. ¿Se lo creen? Coincidimos: yo tampoco.
El joven y agresivo emprendedor Pablo Isla nos enseñó de qué va la cosa realmente hace pocos días. Durante la presentación en Madrid de los resultados de Inditex en 2011, un periodista de la televisión pública francesa France 2 –hay periodistas y periodistas y no es casual que éste trabaje para un canal público- le preguntó a don Pablo por qué la empresa que presidía permitía el trabajo infantil en algunos de sus proveedores indios. Este periodista que no tiene a don Jesús Hermida como modelo aseguró, además, que la cadena emitirá en mayo de 2013 un documental en el que se da cuenta de todo ello. Don Isla no se cortó ni un pelo. Su cara y el hormigón no son asuntos disjuntos. Las preguntas eran "improcedentes" y estaban "fuera de lugar", declaró, gritó. ¡A otra cosa! ¡Son clones del mismo modelo que se intenta vender entre nuestros jóvenes! ¡La compasión no es un atributo que esté en su agenda crematística!
Por si hubiera alguna duda, tenemos también el historial de los gigantes del textil en Bangladesh del que ha hablado recientemente Albert Sales i Campos en Diagonal [3]. Algún detalle:

El 24 de noviembre un desastre mataba a más de un centenar de obreros y obreras que trabajaban en la fábrica Fashions Tazreen, proveedora de marcas como C & A, Carrefour, Walmart o Kik. Al llegar a la fábrica siniestrada, “los bomberos constataron que no había ninguna salida de emergencias habilitada y que muchos trabajadores salvaron la vida saltando desde las ventanas de los pisos superiores a pesar de quedar malheridos”. ¿Por qué esa situación? Porque “los costes que se ahorran inversores y grandes firmas produciendo en Bangladesh no son sólo los salariales”. La inversión en seguridad es mínima y no existe control alguno sobre el deterioro de las estructuras o sobre “la construcción de nuevas naves o el crecimiento vertical de los edificios donde se alojan los talleres y las fábricas”. También en Bangladesh, en el interior de las edificaciones, “las trabajadoras y los trabajadores pasan sus largas jornadas, demasiado a menudo por encima de las 14 horas diarias durante 6 ó 7 días a la semana, a cambio de salarios de unos 30 euros mensuales”.

Otros ejemplos. En febrero de 2010, “en el derrumbamiento de Garib & Garib, una factoría que tenía como gran cliente a la empresa sueca H&M, murieron 21 personas” (también se encontraron evidencias de que había producido para El Corte Inglés; la empresa española, por supuesto, “aseguró que se trataba de un pedido de muestra”). Diez meses después, en diciembre de 2010, “murieron 29 personas en el accidente de That's It Sportwear, una fábrica que trabajaba para firmas norteamericanas como The Gap, VF Corporation, JC Penney, Philips Van Heusen (propietaria de Tommy Hilfiger), Abercrombie & Fitch”.

Hay más ejemplos. No es necesario proseguir.

La gran Rosa Luxemburg lo señaló años antes de ser asesinada: o socialismo o barbarie. La veracidad (y vigencia) de la disyuntiva es más evidente que nunca. Definitivamente, el capitalismo –desbrindado o no- no es un humanismo ni tampoco, por supuesto, una civilización en la que la mujer sea considerada algo más que un objeto de explotación, deseo sin goce compartido y escarnio.

Notas:
[2] El pago de una dote fue prohibido por ley en India en 1961. Pero sigue siendo una práctica habitual en las zonas rurales y más deprimidas del país.

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