lunes, 28 de diciembre de 2009

Marguerite Barankitse, La "Loca de Burundi"






Marguerite Barankitse, La ’Loca de Burundi’


Mujer burundiana, Marguerite Barankitse, trabaja con ardor y valentía por la paz y la reconciliación de Burundi. Dedica su vida y todos sus esfuerzos a los niños víctimas de la guerra. Marguerite nació en 1956 en el pueblo de Nyamutobo; huérfana desde su más tierna infancia, estuvo interna en el liceo de Bujumbura; luego, deseosa de enseñar, recorre todos los días a pie 12 kilómetros para ir a estudiar a la Escuela Normal de Ruyigi. De 1979 a 1983, provista de su título, se dedica a la docencia en Ruyigi, pero al negarse a aplicar la política de segregación étnica, es despedida de la función pública. Con una beca que se le otorga, sale para Suiza, siendo más adelante secretaria del obispo de Ruyigi.

Soy tutsi, en mi familia he perdido a 62 personas, entre tíos, tías, primos y primas. Sin embargo, nunca he querido ver en mi hermano hutu a un criminal. Porque el bautismo que he recibido me ha convertido en hija de Dios y hermana de todo el mundo. Lo que hago es por estar convencida de que pertenezco a una familia grande y muy noble
Si yo no fuera cristiana, me habría suicidado. Conocéis lo que pasó en Burundi. Cuando yo tenía seis el país sufrió una guerra fratricida; mataron al príncipe, en 1961, al primer ministro, en 1965, los tutsis mataron a sus hermanos hutus en 1972, en 1988 volvieron a matar, en 1993 se mataron mutuamente, fue una crisis que no tiene nombre

Maggie adopta a siete niños hutus y tutsis . Los hutus no querían saber nada de ella y los tutsis rechazaron a los niños hutus. Huyeron porque eran rechazados por la sociedad burundesa.

En octubre de 1993, al degradarse cada vez más el clima político, Maggie esconde a varias decenas de hutus, tanto adultos como niños, en el obispado de Ruyigi.
El domingo, 24 de octubre, por la mañana, irrumpen unos asaltantes tutsis armados de porras, machetes y piedras, y atacan el obispado. Maggie trata de interponerse pero la pegan, la atan a una silla, prenden fuego y, en el patio, asesinan ante sus ojos a 72 personas. Después de aquella matanza, a cambio de las llaves de la reserva, uno de los estudiantes de Rusengo la ayuda a escapar. Dando dinero a los asaltantes logra salvar a 25 niños hutus, sacándolos del edificio en llamas: los esconde en el cementerio y, al anochecer, solicita la ayuda de un cooperante alemán, que le brinda asilo en los primeros tiempos. “Sola con esos niños, sin dinero, sin casa, me dirigí al obispo. Empecé con 25 niños, siete meses después eran 300, dos años más tarde eran 4.000. Una década después es una multitud de niños. Porque la guerra duró demasiado tiempo”.

Sacando fuerzas insospechadas de su ira y su indignación, pero sobre todo de su fe inquebrantable en la divina Providencia y en su amor a la vida, logra poco a poco, con peligro de su vida, crear la Casa Shalom, instalándola en una escuela destartalada que le presta el obispo de Ruyigi. La situación de crisis perdura: son decenas, incluso centenares de niños que corren a refugiarse a casa de Maggie. Para alimentar a toda esa gente, va cosechando comida en las tierras de su familia. La guerra continúa, y entonces Maggie decide cultivar la tierra con los niños para seguir alimentándolos. Organiza una ayuda mutua sin distinción de etnia, de religión y de origen social: los mayores tienen que ocuparse de los pequeños. Empezaron a llegar huérfanos, niños soldado y niños mutilados que nadie quería. En las 40 hectáreas que heredé de mi familia construí casitas para ellos. Yo no tengo orfanatos, tengo hogares y ellos son mis hijos. Los envío a estudiar al extranjero y luego vuelven y me ayudan. Hoy son médicos, psicólogos, abogados, economistas …
Con el fin de garantizar el futuro de estos niños que van creciendo, la Casa Shalom se desarrolla para transformarse en red de ‘pueblos’, que permiten a los niños criarse en el seno de ‘familias’ y responsabilizarse de sí mismos. Para Maggie, lo que importa ante todo es la educación de estos niños para la paz y el perdón. Hoy en día, son más de 50.000 los niños y adultos que han recibido ayuda de la Casa Shalom.

Algunos hechos de su vida:

Un día caí en una emboscada que me habían tendido los rebeldes. Rodearon el coche en el que íbamos. Un rebelde me dijo: “Nos insultas todos los días, te vamos a quemar con tus niños”. Entonces, un niño que miraba a los rebeldes a través de la ventanilla preguntó a uno si era padre. El rebelde le contestó que sí. “¿Le gustan los niños?”, volvió a preguntar el menor. “Sí”, contestó el rebelde. “¿Aun así quiere quemar a los niños?”. “Sois como vuestra madre”, dijo incómodo el rebelde, que nos obligó a bajar del coche y después lo quemaron.

Es un milagro. En otra ocasión detuvieron el autobús en el que viajaba. Nos tumbaron en el suelo y comenzaron a matarnos uno a uno. Cuando llegaron a mí, les dije: "He olvidado hacer testamento, acompáñenme y así le daré el dinero a alguien".
Me acompañaron y aproveché para preguntar a aquellos 4 jóvenes por qué se habían convertido en asesinos. En casa les di de comer y les pedí que me permitieran despedirme de mis hijos. Cuando vieron aquel enjambre de niños felices decidieron quedarse con nosotros. Nada resiste al amor, creo que ése es el secreto.
Los adultos, sobre todo vosotros los occidentales, queréis controlarlo todo en el mundo y por esto hay guerras. Cuando hay una guerra en África, somos todos los que tenemos que compartir la responsabilidad. ¿Por qué hay guerra en Congo? porque es rico y todo el mundo quiere sus recursos. No hay quien tenga el valor de decir: “¡Parad la masacre!”. Ni siquiera los cristianos.

Guerra política, no étnica

En Burundi, ¿por qué sufrimos? Porque es un pequeño país por el que todo el mundo quiere pasar para entrar en Congo. Para justificarse, inventan que hay una guerra étnica en Burundi.
Un día fui a la cárcel, donde voy todos los domingos para visitar a los reclusos.
Mientras repartía la comida a los presos, oí que me llamaba uno que estaba en una celda de aislamiento. Los funcionarios me dijeron que era la persona que quemó a mis tías. Entonces les dije: “Precisamente a éste es al que quiero ver”. Porque Jesús en la cruz, dijo al buen ladrón “Esta misma tarde estarás conmigo en el paraiso”. ¿ somos capaces de decir lo mismo a las personas que han asesinado a miembros de nuestra familia? Entonces cogí a esta persona y la lavé. Y me preguntó: “Maggy, ¿por qué haces todo esto?”. Le contesté: “Porque creo en el hombre”.
El que hoy es criminal podrá hacer cosas maravillosas mañana, ya que Dios lo ha salvado. Y la imagen de Dios nunca se nos quita. Esta persona, este criminal, se ha convertido en mi hermano, es un digno padre de familia, un día me dijo: “Tu perdón me ha resucitado y me ha dado también la dignidad”.

El amor siempre triunfa

Un día viajaba a Tanzania cuando me encontré por el camino en mitad de la selva con un joven de 17 años con un arma. Me obligó a detener el coche y pidió que me arrodillara. Entonces le dije: “No, hijo mío, ninguna madre en el mundo se arrodilla delante de su hijo, menos aún cuando tiene un arma”. Y añadí: “Vete a preguntar a la persona que te dio el arma dónde están sus hijos. Están estudiando en el extranjero, quizás en Bruselas, Montreal o en París”. Le miré y ví que estaba llorando. Le dije: “Tira este arma y ven conmigo, te voy a dar una identidad, una dignidad”. Hace diez años que es mi chófer, es padre de familia,

Injusticia social

El conflicto no fue étnico sino de injusticia social. Ahora el problema es político.
Cuando voy a Bruselas, los congoleños me dicen que soy tutsi y yo les contesto inmediatamente: “Alto, no he venido a atacar a vuestro país”. Lo que hay que ver en el otro es a un ser humano y crear entre todos un paraíso en este mundo.

Fe y educación

Algunos niños llegan con muchas heridas y tardan mucho tiempo en confiar en los adultos. La guerra ha destruido todos los valores de compasión.
Es difícil tener esperanza para los jóvenes. Todos ellos se preguntan dónde van a encontrar un trabajo, cómo van a vivir dignamente. Sé que se puede cambiar esta mala situación en otra más digna. Es demasiado trabajo.

Conversión del corazón

Sólo se puede dar lo que se tiene. Hay mucha gente que llega a nuestro país y les pregunto a qué han venido. No tienen idea de la dignidad del que vive en la pobreza. Si vamos al país de alguien sin considerarlo nuestro hermano, igual que nosotros, entonces vamos a humillarlo.
Me peleé con una ONG. Cuando hay guerra, vemos a mucha gente huyendo de los combates. Pero algunos tratan a las personas que huyen como ganado, no como seres humanos, pedí a esta ONG que se marchara. Y me preguntaron que quién me había dado el permiso para detener su trabajo. Contesté: “Dios”. Porque estos hermanos no podían dormir debajo de las lonas que desprenden muchísimo calor de día y por la noche no protegen del frío. Luego, enferman.

Es la misma pelea que tengo con Unicef. ¿Sabéis cuál es el sueldo de un funcionario de Unicef en un país en guerra? La miseria de nuestros hermanos, se convierte en un negocio.

Cada día es preciso golpearse el pecho y decir al Señor: “Ayúdame y muéstrame lo que hay que hacer, pues no es fácil”. Podríamos hacer un paraíso si nos convirtiéramos todos los días.

Maggie es a la vez la Madre Teresa y el Abbé Pierre de Burundi. “No hay nada que resista al amor”, repite sin cesar en sus viajes por todo el mundo. Y su mensaje es: “Jamás el mal tendrá la última palabra. La fe y el amor desplazan las montañas del odio.” Pregona su fe con orgullo: “La oración me mantiene en pie. El verdadero valor, lo saco de la Eucaristía”, afirma. La acción humanitaria y pacífica de Maggie ha sido premiada con numerosos premios internacionales.

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