martes, 24 de noviembre de 2009

EL PAPA A LA FAO

Benedicto XVI a la FAO

El hambre es el signo más cruel y concreto de la pobreza. No es posible continuar aceptando la opulencia y el derroche, cuando el drama del hambre adquiere cada vez mayores dimensiones.





Benedicto XVI aportó la dimensión espiritual y moral a la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria organizada por la FAO.
Ante jefes de Estado y líderes de los cinco continentes el Papa insistió en algunos puntos de su encíclica social Caritas in Veritate.

Benedicto XVI
No se deben olvidar los derechos fundamentales de la persona entre los que destaca el derecho a una alimentación suficiente, sana y nutritiva, y el derecho al agua.

Ya el primer día de la conferencia mundial, el Papa y otros líderes mundiales pidieron a los países ricos que inviertan en agricultura, y permitan que los países pobres accedan a mercados internacionales. Además denunciaron que la situación nace por políticas que derivan de la codicia.


Las estadísticas muestran un incremento dramático del número de personas que pasan hambre. La situación es peor por el aumento del precio de los alimentos, la disminución de las posibilidades económicas de los más pobres, y el acceso limitado al mercado y a los alimentos.

El Papa condenó la destrucción de alimentos, la especulación que multiplica el precio de los cereales, el despiadado proteccionismo de los países ricos y la pasividad ante el cambio climático.

Los poderosos de la tierra brillaban ayer por su ausencia en la Cumbre Mundial sobre Seguridad Alimentaria. Quizá para evitar el bochorno pues en la cumbre del 2000, cuando había 800 millones de hambrientos, decidieron reducir esa cifra a la mitad para 2015.

El Papa subrayó que la producción de alimentos crece más rápido que la población mundial, «como confirma la deplorable destrucción de excedentes alimentarios en función del lucro económico». Otro escándalo es el espectacular encarecimiento del arroz y el grano debido «al egoísmo que permite a la especulación entrar incluso en los mercados de cereales».

El director general de la FAO, Jacques Diouf, pidió a los estados miembros que dediquen 44.000 millones de dólares al año para reducir a la mitad el número de hambrientos. La cifra puede parecer alta, pero es sólo una octava parte de los 365.000 millones de dólares que los países ricos dedican anualmente a subvenciones agrícolas y destrucción de alimentos.


Cultura humana insolidaria

El Papa subrayó también «el preocupante fenómeno del cambio climático», que daña especialmente a los países más pobres, y dejó claro que «el deterioro del medio ambiente» es consecuencia de una cultura humana insolidaria y destructiva. Benedicto XVI propuso «modificar los estilos de vida personales y colectivos» para poner fin a estos destrozos, reconociendo que cada persona tiene derecho a la alimentación y al agua pues «todos somos miembros de una única familia humana». Según el Papa, hemos llegado a una situación en que «existe el riesgo de que el hambre sea considerada como parte integrante de la realidad sociopolítica de los países mas débiles, objeto de resignada amargura si no de indiferencia. ¡No es así ni debe ser así!».



"El hambre es el signo más cruel y concreto de pobreza. No es posible seguir aceptando la opulencia y el derroche, cuando el drama del hambre adquiere dimensiones cada vez mayores.

Unos 200 delegados de todo el mundo asistieron al primer día de la cumbre. Entre ellos, el presidente de Libia, Ghaddafi, y el presidente brasileño Lula da Silva, quien recibió un premio por liderar la lista de países que han conseguido reducir el hambre.

El único líder del G8 presente fue el primer ministro italiano Silvio Berlusconi.

Los papas han visitado la FAO en cinco ocasiones. Esta ha sido la primera visita de Benedicto XVI.

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