domingo, 12 de abril de 2009

LA PASION DE CRISTO



Artículo de nuestro amigo sacerdote y misionero Alejandro Rodríguez publicado en la Nueva España, diario más leído e Asturias.

El Crucificado y los crucificados


ALEJANDRO RODRÍGUEZ CATALINA MISIONERO EN BENÍN

Toda la Semana Santa, sobre todo el Viernes Santo, invita a los ojos de la fe a mirar y contemplar al Crucificado. Sólo en él se muestra al verdadero Dios, el del amor sacrificado y desinteresado, vacío de sí mismo y loco de amor por la humanidad. La cruz aparece así como el gran signo de la más auténtica y sublime Solidaridad. Nada de poder y riqueza, sólo debilidad y silencio desconcertantes.

Descubrir en el Crucificado el verdadero rostro de Dios resulta, sin embargo, imposible sin ver en él al mismo tiempo a todos los crucificados de la historia, en quienes Él sigue siendo crucificado en un vía crucis que parece interminable.

En ese vía crucis, teñido de dolor y sangre, aparecen hoy en primer lugar los casi 100.000 muertos diariamente de hambre, ajusticiados consciente y libremente por el imperio del dinero y de la buena vida.

«Tuve hambre y no me disteis de comer». Ésta podría ser su primera estación.

En una segunda estarían los 400 millones de niños esclavos que hay en el mundo, a quienes la miseria a la que les sometemos reduce y acorta su débil existir. Mueren de hambre, de sed, de agotamiento, de tristeza y dolor. «Tuve sed y no me disteis de beber».

Podrían venir después los 300.000 niños de la guerra, muchos de ellos metamorfoseados en máquinas inocentes de matar tras sufrir aterradoras lecciones que violan su ser y roban su alma. ¡Hasta dónde llega la desvergüenza humana! «Estaba desnudo y no me vestisteis».

Contemplaríamos en la cuarta estación de este interminable vía crucis que sufre la mayor parte de la humanidad a todos los que obligamos a dejar su casa, su familia y todos sus amores, y a los que luego cerramos las puertas de nuestras casas o dejamos morir por millares en las aguas donde refrescamos nuestros adorados físicos. Son esos a quienes llamamos «los sin papeles», esos a quienes sólo dejamos que paguen nuestra Seguridad Social o hagan los trabajos que nosotros ya no queremos, esos a quienes, cuando ya no interesan, devolvemos a sus países de origen aun a riesgo de perder su vida. Así le ocurrió a Adam Osman Mohamed, que murió en Sudán hace tan sólo unos días, asesinado cuatro días después de ser devuelto por Francia. «Llamé a vuestras puertas y no me abristeis».

Así podríamos seguir con decenas, cientos, miles, millones de estaciones. El camino ya lo tenemos iniciado. Sólo, y antes de terminar este pequeño servicio para la reflexión, unas preguntas: ¿una vida honrada puede ignorar la existencia de más de 4.000 millones de empobrecidos en nuestro mundo de hoy? ¿Se puede ser cristiano sin compartir su dolor, su angustia y su propia lucha? ¿Pueden nuestras formas de vida actuales seguir apoyándose y sustentándose en un sistema que produce muertos y parados en serie?

Un Dios que se desentienda del sufrimiento y del dolor de sus hijos no nos interesa para nada. Sólo el Dios que sufre y lucha con ellos puede ser creído y vivido. Ése es el del Crucificado: Esperanza y Justicia para todos los crucificados, Vida para todos los que creen en él y comparten su lucha, Victoria segura sobre el mal y la muerte.

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